El hambre, la humillación y la sorda cólera ante la injusticia se hacen tolerables a través de las imágenes entrañables de las personas amadas, de la religión, de un tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza estimulante de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol.
La manera más efectiva de convertir una persona no violenta en violenta es enviándola a prisión. La justicia criminal y los sistemas penales han estado operando bajo un error enorme, a saber, la creencia de que el castigo disuadirá, prevendrá o inhibirá la violencia, cuando en realidad es el estimulante más potente de violencia que hemos descubierto