La vida se me debatía en el pecho, con unos ímpetus de ola marina, se me evadía la consciencia, yo descendía a la inmovilidad física y moral, y el cuerpo se me hacía planta, y piedra, y lodo, y cosa alguna.
¿Quién no puede comprender, que el bien y el mal son opuestos, que si Dios por Su Omnipotencia pudiera querer y hacer ambos, no tendría Omnipotencia alguna? Sería tener dos voluntades opuestas, obrando ambas simultáneamente, de lo cual resultaría completa inmovilidad y por consiguiente impotencia.