Cualquier Estado forzado a dedicar muchas de sus energías en controlar física y psicológicamente a millones de sus propios sujetos, no podría sobrevivir indefinidamente.
Si ninguno pudiera intercambiar, si todo hombre estuviera forzado a ser completamente autosuficiente, es obvio que la mayoría de nosotros se moriría de hambre, y el resto escasamente podría mantenerse en vida. El intercambio es la sangre vital, no sólo de nuestra economía, sino de la civilización misma.